Publicado el 13/06/2013

Hay lugares a los que por mucho que viajes no acabas de llegar nunca. Nueva York es uno de ellos; por eso, por mucho que vayas a la Gran Manzana, nunca la encontrarás. Un desafío que siempre me ha hecho querer vivir allí.

Nueva York es uno de esos lugares universales por el que todos hemos paseado siguiendo el plano del imaginario común. Ya no es una ciudad. Viajar a Nueva York es sólo un enorme dejá vú. Ha sido devorada por Hollywood en un peculiar ejercicio de canibalismo cinematográfico global. Todos hemos caminado por la Quinta Avenida, hemos subido en un taxi amarillo, escalado el Empire Estate, hemos visto salir el humo urbano del alcantarillado. Todos hemos tomado un café delante del escaparate de Tiffany, hemos bailado un musical nocturno, sonando nuestros pasos a claqué con la voz de Sinatra acompañándonos cada latir de nuestra existencia. Todos hemos escuchado silbar Midnight Cowboy en Times Square, hemos sido uno de la familia en Little Italy. Todos nos hemos sentado en un banco en blanco y negro de Manhattan.


La ciudad fue con “On the Town” la primera en convertirse en escenario de película y desde entonces, desde 1949, ha continuado creciendo como un gigantesco decorado. Por eso nunca encontramos la Nueva York que conocemos. Así que sólo podemos contemplarla desde la emoción, sentirla, redescubrirla, tocarla olvidando los rincones que creíamos conocer. Sólo así toma sentido viajar a la Gran Manzana. Olvidemos lo visto y veamos, aquí más que en ningún sitio, con ojos vírgenes de filmografía. Es difícil; pero si no, corres el riesgo de que la realidad te decepcione. Nada es ni ocurre como en las películas.

Pero todo es más sencillo de lo que creemos. A Nueva York sólo se debe ir a descubrirla por uno mismo. Sentirla. Sentir la inabarcable verticalidad, sus ángulos, la nocturnidad desaparecida en sus destellos publicitarios, en los faros de los coches. Notar la mirada tensa de los urbanitas cuando van a trabajar, el ritmo futurista, la velocidad. Tocar la luz diurna difusa por la contaminación, oler un buen donut azucarado y el café para llevar. Ver cómo se agolpa el skyline en el horizonte.
El Nueva York que conocemos de las películas no existe; pero eso es bueno, sólo así, realmente, podemos sentir la ciudad como se merece. Una ciudad que tras una fachada construida se muestra sincera sin dobleces.
Fuente: ahoratocaviajar.com
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